Estaba todo dispuesto en la mesa del amor y el desastre, bastaron dos cuerpos, uno permitiéndose elegir sus movimientos, el otro atestado de vulnerabilidad permaneció inerme mirando siempre a la nada sin descuidar el soslayo. Empezó él primero, tomando los objetos de ternura y sobre la otra piel los supo rozar, ella, sin salir de su papel esbozó una sonrisa y se le quedó enredada la piel en la yema de sus dedos, y se quedó la yema de los dedos atascada en su piel.
Como era de esperarse, lo bueno aburre y ante un ser indefenso, aflora la vileza de otro, como si la gasolina del salvajismo fuese un cuerpo entregado; entonces, llenó todo su ser de los instrumentos violentos, caminó con determinación hacia la anteriormente adornada por él, al paso sentía cierto absurdo embeleso y le quitó todo, la desnudó y le estrelló toda la hecatombe de la mesa sin piedad, y con una bala que jamás disparó borró su sonrisa, ella aún mirándole con el rabillo del ojo inundado no hallaba la llegada de la hora final, sin embargo vio con claridad la fascinación de su rostro ante el espectáculo del que pudo ser presente. Aunque ya habían pasado por varios ritmos, en este en particular, solo eran dos en la sala de exhibición y solo uno bastó para llevarla al ritmo 0.
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