Mirarte a los ojos es convencerme que en tus planes no están los míos, seguir el recorrido de tus pupilas hacia mis labios moviéndose sin cuidado es rectificar que jamás se unirán con los tuyos, tus manos inquietas con toques esporádicos sobre mi piel confirman la ausencia de un plan convincente que quiera llevarnos a algo más que un lapso de tiempo sin sentido alguno. Tus pasos que no me atrevo a mirar cada vez que nos decimos adiós sin siquiera un contacto amistoso nos alejan del paroxismo que podríamos alcanzar, pero tu insistencia en que sea yo quién te mueva a correr hacia nosotros, es el tiquete definitivo y el empuje a tomar el primer tren que me saque de tu estación, esa a la que cierto poeta le llama "la de las cosas pendientes", y lo tomo sin una fracción de dolor, sin el drama que reinó en mi estadía, así, sin lágrimas, el tren a no sé, ni me importa a dónde. El vagón de la soledad me sabrá acoger el tiempo que sea necesario y no es esta una historia triste, porque la nostalgia ya no invadirá el corazón al pasar por tu estación, que siempre estará en mi ruta porque el tiempo no pasa, sino que da vueltas en redondo; entonces te veré a través del vidrio con una sonrisa inocua, ausente del sentimiento de impotencia por no haber podido colonizar tu estación y daré gracias por todo y seré peregrina de tu tierra, como lo eres de la mía.
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