Después de la rutina diaria de tocar su puerta logró que asomara su desconfiado rostro entre la rendija separándolos el seguro de cadena, ella le miró con sus característicos ojos escépticos, bastó una mirada penetrante y una pícara sonrisa por parte de él para saber que el terreno ya estaba abonado, sin embargo, ella por su parte lo contemplaba de la misma manera de cuando entreabrió la puerta por primera vez, *nadie sabe cuánto tiempo transcurrió, ni los efectos que se vendrían encima* cerró la puerta, era un desconocido, pero creyó ciegamente en su sonrisa *la pobre nunca aprendió a leerlas* pues era de las que repartía muy pocas, pero todas ellas sinceras.
El palo que marca las horas alcanzó a dar unas 247 vueltas, en ese tiempo escuchaba una o dos veces al día golpes en la puerta, los que antes de ver al hombre que los provocaba le molestaban enormemente, pero ahora, extrañamente alucinaba con ellos. Ocasionalmente se asomaba por la puerta pero no había nadie. ¡Cosa extraña! El jardín estaba en su climax, en el umbral de lo hermoso, era imposible... no llovía desde antes de las 247 vueltas y ella nunca salía a regar las flores con palabras bonitas *que es indispensable para que se mantengan hermosas* sin embargo la flora se conservó majestuosa.
Uno, dos y tres golpes que terminaron en una hache -otra alucinación- pensó ella; de nuevo... Uno, dos y tres golpes que esta vez terminaron con un signo de admiración, era real. Caminó rápida y emocionadamente hacia la puerta y la entreabrió con la cadena aún trancando, no se sentía tan feliz desde hace mucho, seguía escéptica pero segura en su guarida impenetrable, la cadena que los separaba no era cualquier cadena, estaba hecha del hierro más resistente, nadie podría tener acceso, ese siempre fue el objetivo. Pero sus manos la traicionaron y se fueron acercando al cerrojo del seguro, la cadena calló y la puerta se abrió. Lo dejó entrar.
Se había enamorado de ese jardín que él hizo crecer con unos cuantos abonos. Pasaba tardes enteras apreciando cada flor, cada hoja, cada rama; él seguía adentro... Cierto día el jardín empezó a marchitar, sus ojos se inundaron de inmediato y con esos mismos buscó angustiada la mirada penetrante creadora de la obra maestra. Entre lágrimas se acercó a su puerta y no solo encontró el recinto vacío, sino hecho estragos. Se había marchado. Desconsolada, quiso pedir ayuda y al alzar sus ojos más allá de su flora ya muerta, observó, irónicamente muy cerca a ella, en la casa del frente el mismo jardín que una día fue suyo.
Tomó de nuevo la cadena, puso el cerrojo que por unas 34 vueltas estuvo abierto y agregó 3 candados más.
ResponderEliminarHoy sigue recogiendo los estragos, hace caso omiso a cualquier llamado a su puerta con la indeseada esperanza de escuchar los tres golpes terminados en hache y muy de vez en cuando echa una mirada a su desolado solar para escavar a lo lejos con sus pestañas la tumba de su jardín.